Lo que vivió Santa Marta durante el paro armado de septiembre deja una reflexión que no podemos pasar por alto. En cuestión de días, la ciudad cambió su ritmo, las calles se fueron quedando solas y muchos comerciantes tuvieron que cerrar sus negocios por temor a lo que pudiera pasar. Por momentos, parecía que volvíamos a vivir aquellos días de pandemia en los que salir de casa era una preocupación.
Todo comenzó después de un operativo de la Fuerza Pública en el que murió alias ‘Cholo’, señalado como uno de los principales cabecillas de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada, conocidas como Los Pachenca. Tras estos hechos, el grupo anunció un paro armado que afectó a Santa Marta y a varios sectores de la Troncal del Caribe. Así lo reportó El Espectador el 22 de septiembre de 2026.
Lo más preocupante fue ver cómo el miedo empezó a cambiar la vida de la gente. Comerciantes con sus puertas cerradas, transporte afectado, clases suspendidas y familias pendientes de las noticias para saber si podían salir tranquilamente. Una ciudad que vive del turismo, el comercio y el trabajo diario no puede darse el lujo de detenerse de esa manera.
La comparación con la pandemia no significa que las dos situaciones sean iguales. En aquel momento, el mundo enfrentaba una emergencia sanitaria; esta vez, el problema fue la violencia y la intimidación. Sin embargo, hay algo que se parece: la incertidumbre de no saber qué pasará al día siguiente y la preocupación de quienes dependen de sus ingresos diarios para llevar el sustento a sus hogares.
También queda una pregunta sobre la seguridad de nuestra ciudad. ¿Cómo es posible que las amenazas de un grupo armado puedan alterar de esta manera la tranquilidad de tantos ciudadanos? La situación de la Troncal del Caribe demuestra que el problema no se limita a una vía, porque cuando se afecta la movilidad, también se golpean el comercio, el turismo y las actividades de cientos de familias.
La llegada del presidente Abelardo de la Espriella a Santa Marta y el anuncio de medidas para reforzar la seguridad fueron parte de la respuesta del Gobierno. Según informó la Presidencia el 22 de septiembre, se ordenó aumentar la presencia de la Fuerza Pública para recuperar el control territorial. Pero más allá de los anuncios, los samarios necesitan hechos que se mantengan en el tiempo.
En mi opinión, no podemos acostumbrarnos a que la ciudad viva entre el miedo y la incertidumbre. La seguridad no debería sentirse solamente cuando ocurre una emergencia ni depender de operativos que aparecen después de que la situación se sale de control. Se necesita presencia permanente de las autoridades, investigación contra los responsables y garantías para que comerciantes, transportadores, estudiantes y trabajadores puedan realizar sus actividades sin temor.
Santa Marta es mucho más que las noticias de violencia que aparecen en los medios. Es una ciudad de gente trabajadora, de familias que luchan todos los días y de comerciantes que se levantan temprano para sacar adelante sus negocios. Esa gente no tiene por qué pagar las consecuencias de las disputas de los grupos armados.
Cinco días pueden parecer poco tiempo, pero para quien dejó de vender, no pudo trabajar o tuvo miedo de salir de su casa, cada hora cuenta. Por eso, lo ocurrido debe servir para algo más que llenar titulares: debe llevar a las autoridades a tomar medidas de fondo y a la sociedad a no mirar esta situación como si fuera normal.
Porque Santa Marta no puede vivir encerrada cada vez que un grupo armado decide imponer sus condiciones. La ciudad necesita recuperar su tranquilidad, y sus habitantes merecen algo tan sencillo, pero tan importante, como salir de casa sin miedo y regresar sanos y salvos.