Si algo ha dejado claro Abelardo De la Espriella en los últimos años es que nadie sabe realmente cuál versión de él aparecerá mañana. Y no precisamente porque sea un político complejo o profundo, sino porque parece cambiar de personalidad según la audiencia, el momento político y la necesidad electoral del día.
Por eso hoy muchos lo ven como una verdadera “cajita de sorpresas”.
Hace unos años proyectaba una imagen distante de cualquier discurso religioso. Incluso llegó a mostrarse como un hombre alejado de la fe y de las posturas conservadoras que hoy intenta abrazar públicamente. Sin embargo, ahora aparecen fotografías orándole a Dios, hablando de propósito divino y vendiendo una transformación espiritual que muchos consideran más estratégica que sincera.
Y ahí comienzan las dudas.
Porque también están quienes recuerdan que jamás fue cercano a las causas animalistas y hoy intenta mostrarse como defensor de los animales, sensible y comprometido con esas banderas que generan simpatía popular. Otro giro. Otra versión nueva del personaje.
El problema no es cambiar. Todos cambian. El problema es cuando cada transformación parece perfectamente calculada para conquistar un nuevo segmento electoral. Ahí es donde la gente empieza a preguntarse si Abelardo realmente siente lo que hoy predica o simplemente interpreta el papel que más aplausos le puede dar.
Lo más preocupante para muchos sectores de derecha es precisamente esa bipolaridad política y emocional que transmite. Un día aparece incendiario, agresivo y desafiante; al siguiente quiere mostrarse espiritual, conciliador y emocionalmente renovado. Pasa de la confrontación extrema al discurso religioso con una facilidad que despierta desconfianza incluso dentro de quienes podrían terminar siendo sus aliados.
Y es precisamente por eso que dentro del uribismo, según lo que se ha mostrado en diferentes escenarios políticos, no existiría una confianza plena hacia él. Mucho menos por parte del expresidente Álvaro Uribe Vélez, un líder acostumbrado a controlar el mensaje político y a rodearse de figuras previsibles, no de candidatos que cambian de libreto según el momento.
Porque para el uribismo, Abelardo De la Espriella parece más una apuesta riesgosa que una figura confiable. Demasiada volatilidad. Demasiado espectáculo. Demasiado cambio repentino de personalidad.
Y ahí surge la gran pregunta política.
Si Abelardo llega a una eventual segunda vuelta presidencial, ¿a quién apoyará realmente Álvaro Uribe Vélez? ¿Se mantendrá la distancia y la desconfianza o terminarán llegando a acuerdos por conveniencia política? ¿Habrá pactos hipócritas disfrazados de unidad? ¿Le cumplirá Uribe a Abelardo o ambos terminarán utilizándose mutuamente mientras les sirva electoralmente?
Porque en política las sorpresas duran un tiempo. Pero la confianza, cuando no existe, termina pasándole factura hasta a los candidatos que más ruido hacen.