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Caicedo, el progresista tóxico: del aplauso internacional al destierro político

Caicedo, el progresista tóxico: del aplauso internacional al destierro político

Carlos Caicedo pasó en tiempo récord de ser una carta visible del progresismo regional a convertirse en un lastre incómodo para los circuitos internacionales. Las denuncias públicas por presunto acoso sexual no solo detonaron un debate judicial: activaron un proceso silencioso pero contundente de expulsión simbólica del escenario global.


 

En el Grupo de Puebla —autoproclamado santuario del progresismo latinoamericano— Caicedo simplemente dejó de existir. No aparece en agendas, no es invitado a foros, no recibe respaldos. Nadie anuncia su expulsión, pero el mensaje es claro: lo borraron sin hacer ruido. En política, el silencio coordinado suele ser la forma más elegante —y cobarde— de cortar a un aliado que se volvió incómodo.


 

El dilema para ese bloque era evidente: sostener a un dirigente rodeado de denuncias por presunto abuso de poder contra mujeres chocaba de frente con su discurso feminista. Defenderlo habría significado admitir que la narrativa de derechos y equidad es selectiva, útil solo cuando no compromete a los propios.


 

El malestar cruzó el Atlántico. En sectores del progresismo europeo, especialmente en círculos feministas vinculados a la izquierda española, el caso fue interpretado como una prueba de coherencia política. La presión no fue ruidosa, pero sí implacable: no se puede predicar igualdad mientras se tolera el poder impune. El resultado fue un distanciamiento progresivo, hoy imposible de disimular.


 

Más allá de lo que definan los tribunales, el daño ya está hecho. En la diplomacia informal, Caicedo pasó de aliado estratégico a riesgo reputacional. Y en la política internacional, nadie apuesta por figuras que puedan convertirse en un símbolo de hipocresía.


 

El caso desnuda una contradicción estructural en la izquierda regional: los derechos humanos funcionan como bandera… hasta que comprometen a sus propios caudillos. Cuando eso ocurre, el cálculo es frío: salvar la marca, sacrificar al dirigente.


 

Hoy, Caicedo enfrenta un castigo que ningún fallo judicial puede revertir fácilmente: el aislamiento internacional. En la política global, perder legitimidad es peor que perder el cargo. Significa quedar fuera del juego, fuera de la foto, fuera de la conversación. Y cuando el sistema deja de invitarte, ya no hay discurso que te rescate.