La historia de Alex Meza, según su propio testimonio, comienza en el barrio La Chinita, en Barranquilla, cuando apenas tenía 10 años. A esa edad —relata— ya estaba inmerso en un entorno dominado por el consumo de alcohol, cigarrillo y, presuntamente, otras sustancias, guiado por la figura de su padre, quien —dice— lo encaminó desde niño hacia una vida ligada a la violencia.
No hubo juegos ni escuela como refugio. Lo que recuerda es aprendizaje en la calle, en medio de dinámicas ilegales que, con el tiempo, se convirtieron en su única realidad.
Tras la muerte de su padre —que, según cuenta, se produjo en medio del consumo de drogas—, Meza asegura que heredó no solo responsabilidades familiares, sino también el control de lo que ya existía a su alrededor: expendio de sustancias y dominio territorial.
Con los años, afirma que fue creciendo dentro de ese entorno. A los 15 años —según su relato— ya tenía poder en sectores de La Chinita y zonas cercanas como Rebolo, en medio de disputas con otras estructuras. Ese mismo año, dice, recibió su primera arma de fuego y entró de lleno a una guerra por el control de barrios.
Describe una vida atravesada por enfrentamientos constantes, atentados y una cadena de violencia que, según cuenta, también golpeó a su familia. Relata la pérdida de varios de sus hermanos en medio de esas dinámicas y la llegada de otros grupos armados que les arrebataron el control del territorio.
“Las autodefensas se nos metieron y a uno de mis hermanos que estaba conmigo en la cárcel, ellos se lo llevaron a Sitionuevo, Magdalena lo picaron y seguidamente los restos se lo echaron a los cocodrilos”, manifestó.
En su testimonio, asegura que sobrevivió a múltiples ataques armados y que durante un tiempo tuvo que esconderse para evitar ser asesinado. Fue en medio de ese contexto donde, según su versión, se consolidó una reputación de hombre temido.
También relata un episodio que, según él, marcó profundamente su comportamiento: afirma que una tía le realizó un ritual de brujería a fin de que supuestamente ninguna bala lo impactara , a partir de ese momento, experimentaba una inquietud constante que —según su propia interpretación— solo se calmaba asesinando a la gente para que le salpicara la sangre de sus víctimas encima de su cuerpo. Ese elemento, asegura, influyó en su forma de actuar durante esa etapa de su vida.
“ Mi tía, me aseguro que nada me iba a pasar con ese rezo que me hizo por lo que realmente a mí me gustaba asesinar a las personas y ver la sangre, salpicándome en mi cuerpo, eso
me calmaba”, relató de forma desgarradora el pastor.
Años después, Meza fue privado de la libertad. En la cárcel —según su relato— la violencia no terminó: afirma que fue objeto de múltiples intentos de homicidio, incluso con métodos poco convencionales, debido a los enemigos que había acumulado.
El quiebre en la oscuridad
Fue precisamente en ese escenario donde, asegura, comenzó el punto de quiebre. En medio del encierro y el riesgo constante, afirma haber iniciado un proceso espiritual que cambiaría su forma de ver la vida. Allí —dice— conoció a quien hoy es su compañera y empezó a construir una nueva perspectiva lejos de la violencia.
De la guerra al mensaje
Tras recuperar la libertad, Meza sostiene que continuó enfrentando amenazas, pero logró mantenerse con vida, salvándose de varios atentados de los que fue Victima.Hoy se presenta como evangelista y recorre distintos espacios compartiendo su testimonio.
“ varios sicarios me intentaron matar, milagrosamente se les encastilló el arma, fueron muchos atentados que recibí cuando salí de la cárcel, pero gracias al Espíritu Santo, Dios siempre me protegió, y hoy soy un hombre transformado”, indicó.
Es Padre de seis hijos, afirma que su mayor propósito es evitar que otros jóvenes repitan su historia. Su mensaje está dirigido a quienes siguen inmersos en la violencia: dejar las armas, abandonar ese camino y creer en la posibilidad de cambiar.
Una historia contada desde su propia voz, que expone la crudeza de una realidad marcada por la violencia… y el intento de transformarla.